17.2.12

Lectura recomendada


Que alegría me produce leer, escuchar, este esplendido relato corto, preñado de ideas, conceptos y análisis de la realidad, intemporal, actualísima, instantánea, en que la humanidad y sus relaciones sociales, ha venido a parar, o más bien a caer estrepitosamente.
La sensible y especial mirada de su autora, sencilla en la prosa, sutilmente escogida, pero certera, contundente y profunda en su objetivo, que es capaz de penetrar y atravesar capas y capas de la realidad convencional hasta llegar al núcleo central del ser humano mismo, hasta su nauseabunda realidad de espécimen humano, rodeado y atrapado en una sociedad resueltamente egoísta, falsa e hipócrita.
Con un don y una habilidad insospechada, tremendamente poderosa, la autora nos informa, nos forma, nos estrega en la cara, lo que para ella no pasa desapercibido, lo que no podemos ocultarle. Su análisis de la realidad, donde está en juego nuestra ética, nuestra moral, nuestra honestidad, entremezclada en un casi-juego teatral de La Gran Farsa Social, queda comparada, humillada, ante unos simples insectos (para algunos repugnantes) que en su natural devenir, no nos hieren en lo más profundo de nuestras emociones o sensibilidades, simplemente siguen su camino; tal vez, por eso puedan ser más aceptables o preferibles en estos ámbitos.       
El o la protagonista claramente se niega a jugar, a pasar por la rutina diaria, por la lucha para ocultar, disfrazar, negar la verdadera realidad de lo que somos. En el mundo actual… necesitamos gente así, que se niegue a seguir al rebaño, que se sienta feliz de ser así y que nos alumbre hacia otra realidades con más peso, con más relevancia, más estimables.
Me asombra, me gratifica, ver como la autora con su perfecta disección de un instante, lo convierte en un amplio mundo donde se suceden intrépidamente innumerables hechos y acciones, y al mismo tiempo, genialmente, su persona queda inmersa dentro de su propia observación.
Tras el inicial preámbulo, magistral, pedagógico, donde el hastío que nos provoca jornada, tras jornada, el fracaso continuado en nuestra organización y casi perpetuos anhelos, la autora nos lleva al momento culminante de su relato. Tal vez no exagero si afirmo, que la autora, en una especie de conjuro nos atrapa y encadena a una realidad que nos asusta, que nos da miedo, pero de la cual, ya, más nunca, podremos escapar.
Tal vez, no hoy, no mañana, no se sabe cuándo, abriremos una puerta y sentiremos esa misma sensación extraña, que como haciendo un guiño al propio Aristóteles y su hilemorfismo entre la materia y la forma, nos atrapará incomprensiblemente.
Felicidades Regina
Gracias Regina
César Mesa


"Tras la puerta"

14.2.12

El Huerto III

  Sección dedicada al comentario de la actualidad económica. 

                   



Por F. Herráiz                  
                                       

                                    “No sabemos lo que pasa, y eso es lo que pasa”
                                                                                    J. Ortega y Gasset

10 de Febrero de 2012. Hoy hablamos de:


Allá por el otoño de 1992 Bill Clinton, joven y telegénico gobernador de Arkansas, aspiraba a convertirse en presidente de Estados Unidos. Para lograrlo, debía derrotar en las urnas a George Bush padre. La empresa parecía harto difícil, pues el presidente en ejercicio acumulaba un impresionante currículo en política exterior: había visto caer el muro de Berlín, y obligado a morder el polvo al archienemigo iraquí.
James Carville, estratega del Partido Demócrata, comprendió que debía centrarse en los puntos débiles del rival, e ideó una tabla de eslóganes para uso interno de la candidatura. ¡Es la economía, estúpido! fue uno de ellos. La expresión hizo fortuna y se convirtió en el lema oficioso de la campaña de Clinton.
Tras su inesperado triunfo, la frase adquirió ribetes de profecía o premonición, perdió gran parte de su carga ofensiva, y su uso se extendió para describir todo tipo de situaciones en las que se cometen errores de bulto, o se presta atención al detalle y se olvida lo fundamental.
El 27 de marzo de 2007, el presidente del gobierno del Reino acudió a un programa de televisión. Se le preguntó si llegaríamos a los 3 millones de parados. Rodríguez Zapatero esbozó una sonrisa, y dejó bien claro que “de ninguna manera entraba en las previsiones del gobierno”. En aquel año proliferaban las sonrisas.
Más o menos por las mismas fechas, Santiago Niño Becerra, economista catalán entonces poco conocido, acudía a otro programa y vaticinaba que pasaríamos de los 5 millones. La afirmación fue recibida por sus contertulios, todos expertos en la cosa economía, con aspavientos y carcajadas contenidas.
Ya bien entrado 2009, el gobierno hubo de reconocer que la situación era grave. Rodríguez Zapatero ya no sonreía. La oposición y la ciudadanía le reprochaban no haber visto venir la crisis, y manejar datos y previsiones económicas fantasiosas.
Nadie nos avisó, respondió el presidente, y el Reino se quedó (o debió hacerlo) con la boca abierta. Lo cierto es que no mentía. Nadie nos avisó. Y cuando decimos nadie nos referimos a aquellos que debieron hacerlo: el FMI, la FED, el Banco Mundial, la OCDE, la Comisión Europea, el BCE, el Banco de España, la CNMV, las agencias de calificación, los centenares de fundaciones y gabinetes de estudio de bancos, cajas de ahorro, aseguradoras.., y por supuesto el gobierno del Reino.
Hoy, la mayoría escurre el bulto y apoyándose en uno u otro informe ambiguo (todos lo son en cierta medida) se apuntan al ya lo decía yo. Pero la verdad a pies juntillas es que lo que se nos vino encima no fue anunciado por ninguna de las instituciones económicas encargadas de hacerlo.
¿Qué ocurrió? ¿Cómo fue posible un error de tal magnitud? Y..., ¿qué dicen los protagonistas del desaguisado?
En general, se ha pasado de puntillas sobre tan comprometedor asunto, pero alguna explicación había que dar. Y se han ofrecido dos:
La economía no es una ciencia exacta. Es la que se ha transmitido al gran público, y sin ánimo de hacer sangre, suena a excusa de patio de colegio. Porque una cosa es equivocarse en unas décimas en tal o cual previsión, prever las consecuencias de súbitas guerras, conflictos políticos o accidentes financieros localizados, y otra bien distinta, asumir y pregonar a los cuatro vientos que la economía mundial va en una dirección, cuando en realidad va exactamente en la contraria.