21.5.13

Isla Dromedaria


A Fernando Torres Hernández in memorian

Muerte, atenazas traicionera

la luz de la mañana y escondes

las manzanas verdes del amor

para imponer por la fuerza

tu oscura pestilencia, tu presencia

temida. No esperes que te de

por buena, cuando disparas

sobre el pecho de un inocente

tu gélida bala de eternidad somera.

foto: Pedro Torres
Hoy me enteré que ha muerto Carson, el último Hippi auténtico llegado a Isla Dromedaria desde California, le veía siempre con su cesta de mimbre ir al mercado, de largo pelo muy rubio y arrugados ojos azules evocaba un pasado lleno de música progresiva, folk o rock, LSD y marihuana, tenia una memoria muy selectiva que solo le permitía retener en ella los rostros de las mujeres jóvenes y hermosas, las otras simplemente éramos invisibles para él.
Tenia unos 60 años cuando apareció el cáncer, desistió de usar quimio o radioterapia, no quiso luchar, me enteré hoy pero hace más de dos años que partió a otra realidad, una Arcadia llena de jovencitas hermosas sin ninguna duda.
Las últimas veces que le vi estaba en el bar de la esquina, solo en una mesa con aire tristón, me fijé que tomaba vino, luego salió fuera a fumar. Genio y figura.
Vivo en Isla Dromedaria sin saber muy bien cómo he llegado hasta aquí, la fundación de la ciudad más importante Dromedaria City se remonta a los locos años veinte cuando un grupo de artistas autóctonos junto con algunos venidos de fuera se asentaron en el Valle de la Región Putrefacta, llamada así por estar a los pies de una gran colina bordeada por su frente por un enorme pantano, en cuya rivera crecían amapolas silvestres, las hierbas del diablo y tréboles de cuatro hojas.
Roque, el más viejo del lugar, descubrió que ese valle lleno de flores silvestres, barrizales y croar de ranas era un lugar muy idóneo para su plantación de marihuana, pensado y hecho.
Aquí tenemos todo lo que necesitamos, sobre todo los de mi generación que estamos cauterizados en alcohol desde el principio de los tiempos, Isla Dromedaria es también llamada Isla Espejo porque todos los hombres y mujeres que arribaban a ella terminaban viéndose a si mismos y quienes no soportaban una visión tan lúcida se arrojaban por un desfiladero del océano para ahogarse en una agonía liquida y ser arrastrados de nuevo a la isla por las olas, después se les daba otra oportunidad, despertaban como de un largo sueño sin recordar nada y al volver a mirarse de nuevo a si mismos reflejados en la isla aprendían a tener paciencia con ese ser torpe y vengativo que les devolvía el espejo y era en ese punto donde empezaban a vivir y a conocer las disciplinas básicas de la isla, una de ella domesticar los relojes que habían traído del Continente, alcahuetes y apremiantes, relajarlos y volverlos más humanos, más acordes con los latidos del corazón.
Hoy me siento como si hubiera tenido un amanecer de ortigas, la isla despierta inquieta. Carson había tocado con Frank Zappa, Jimmy Page, Creedence Clearwater Revival y muchos más en giras que le llevaron a recorrer los Estados Unidos, para acabar aquí en el atlántico, en la única isla donde cualquiera que se acerque por el bar Varsovia puede hablar con el pescador que fue salvado por una sirena él te lo cuenta con mucha naturalidad, Elena vio un reportaje en el Discovery Channel que hablaba de sirenas encontradas por pescadores, ella siempre creyó en sirenas, mucho antes de conocer al pescador o de ver el Discovery Channel incluso mucho antes de que existiera el Bar Varsovia que después de las doce cierra sus puertas y nos deja fumar porros a quienes quedamos dentro.
En Dromedaria hacia tiempo que parecía que no ocurría nada, hasta que se estrelló aquel meteorito contra la cúpula de cristal de la plaza, cúpula que había construido el arquitecto Piero Bazan un loco italiano que llegó a la isla huyendo del paisaje devastado que dejó el terremoto de Sicilia, Piero no podía soportar la visión de las estructuras construidas por los hombres diezmadas en el suelo, sufrió una conmoción muy grande generándole una profunda depresión, aconsejado por su psiquiatra se enroló en un barco de mercancías que se dirigía a Cartagena de Indias, pero los mareos y ese personaje azul inquietante que era el océano propiciaron que en la primera escala del barco en Isla Dromedaria saliera a tierra y se quedara con nosotros y nosotras.
Aquí conoció a Rosario cuya madre era un monstruo , una serpiente venenosa que le decía desde muy pequeña que hubiera sido mejor parir una rata en lugar de parirla a ella.
Rosario había llegado a Isla Dromedaria procedente de Estocolmo con un viejo que había contratado sus servicios como meretriz a tiempo completo, tardó cuarenta y un año en perder la virginidad, se la vendió a este excéntrico norteamericano afincado en Suecia donde Rosario había recalado como asesora legal de la empresa norteamericana para la que trabajaba, el viejo estaba muy enganchado a la marihuana y cuando le detectaron una enfermedad degenerativa decidió terminar sus días con Rosario en Dromedaria City.
Después de morir el viejo Rosario y Piero comenzaron una tórrida historia de amor y en esas andan actualmente.
En Dromedaria City nos afanamos en cosas inútiles y absolutamente banales por regla general, cosas como sacudirle los pelos de gato a un viejo y horroroso abrigo, de pronto es esa tarea y no otra la más importante de nuestra vida.
Hoy, sin ir más lejos, pasé largo rato observando a mi vecina desde la ventana, sacudía la chaqueta de su hijo yonqui, como si logrando que desaparecieran los pelos de la mascota adheridos a la chupa se obrase el milagro de la resurrección, vi con lágrimas en los ojos como trataba de encontrar cierto orden dentro del caos del hijo para tratar de reconducirlo, pobre mujer, se le olvida que en Dromedaria no es posible resurrección alguna. Aquí solo abundan los perfiles emboscados tras alguna mampara o celosía de balcones y ventanales, siempre al acecho de la vida alrededor.
En Dromedaria igual que en otros muchos lugares hay terrazas donde camareros vestidos de pingüinos sirven cócteles muy rebajados de alcohol a hombre y mujeres de edades avanzadas que emplean su tiempo en bailar ritmos picantes, latinos en su mayoría, estos lugares están habilitados para el ocaso de los sexos, de las vaginas resecas y los penes fláccidos, viéndoles recuerdo que cada minuto que pierdo deseando que pase rápido por anhelar cualquier suceso por venir, nunca más lo voy a poder vivir, lo pierdo definitivamente, debo terminar con los planes y los futuribles, vivir un presente perpetuo, para que no se escape la vida como el hilo de agua que se malgasta en los grifos mal cerrados y que gotean golpeando la cerámica haciendo un ruido enervante.
Enciendo la radio como cada mañana y me entero por las noticias que se aproxima una tormenta borrascosa, se han activado todas las alertas, el fiero oleaje aconseja no acercarse mucho a la orilla del mar y protegerse del viento que amenaza con enajenar a los pocos cuerdos que pudieran quedar en Isla Dromedaria. Si los hubiera.
Juana Santana