Queridos
e inexistentes amigos/as
Les recomiendo la lectura de esta obra por muchas más razones que
las siguientes:
Empezando por el título «Mujeres con gafas de luna», más que
una metáfora, es una fractal de Mandelbrot, una fuente, un
manantial, un surtidor de metáforas… ¡qué espléndido! ¡qué
abismático! Su magnífica portada, ideográfica, sintetizadora,
sugestiva, para mi, significa "Kultura Popular Kanaria".
Una perla que no debe pasar desapercibida es la dedicatoria del libro
«a los arboles», qué nivel!...
Si nos centramos en su rico contenido, creo que «debemos esperar
lo inesperado, sino no lo encontraremos» (Heráclito);
particularmente, paso a hacer unos humildes comentarios, dada mi
abundante ignorancia, escasa inteligencia, minúsculo, agujerado y
fragmentado conocimiento, y, mi, cada vez más, gran ociosidad.
¡Alerta!, aviso para navegantes, os advierto y apercibo, de que
para mí, este libro es una verdadera «obra de arte», es la obra
culminante de la autora y como tal, imposible de abarcar en todas y
cada una de sus facetas (sin menoscabo de lo que pueda seguir
escribiendo en el futuro).
El que busca a un sabio, tiene que serlo el mismo antes
(Empédocles)… yo no lo soy… que pena…
Esta obra corta, que se lee muy a gusto en un par de horas, como
cualquier otra obra de arte, a mi juicio, conecta cada uno de los
elementos, objetos, personajes y conceptos de los que trata, con el
resto del Universo, como la vida misma, todo conectado con todo. Todo
lo cual dificulta enormemente su crítica o comentario sin dañarla.
Su autora mediante un nexo mágico, plasmático, no visible, “no
tangible”, deja todos sus elementos interconectados y formando
parte de la realidad intemporal en la cual inmediatamente quedamos
dulcemente atrapados; nos hace revivir las reminiscencias que en
algún lugar se esconden, tal vez, en nuestras «células madres» y
en sus genes, que como canarios poseemos, queramos o no…
He oído comentar que este libro es la historia de una mujer
joven, a otros, de una mujer mayor, a otros, de una niña en que la
autora se auto-identifica, ¡qué disparate!, respetable, pero
disparate. Qué difícil y falso es comentar un libro, criticarlo,
entenderlo, resaltarlo, cuando se hace por compromiso, donde se
oculta lo que verdaderamente se siente y se disfraza o dice,
pobremente, lo que conviene, lo que interesa. Creo, por suerte, que
no es mi caso.

Conozco menos de lo que quisiera a su autora; pero, ya en el
relato
«Nunca me regalaste una flor», un libro duro, emboscado,
durísimo, crudo, desesperado, cruel si se quiere, pero lúcido,
sufrido, padecido y vivido; en ese entonces me encontré
sorprendentemente con un «diamante en bruto», nada más, pero, nada
menos… Ahora en
«Mujeres con gafas de luna» me encuentro ese
diamante con luz propia, refulgente, iridiscente… culminado…
A mi escaso juicio, veo en la autora, una «rebelde», que se
«rebela» (no quiere obedecer) con todas sus fuerzas; ya casi
agotada, defraudada por las innumerables luchas entabladas, la
mayoría, como no podía ser de otra manera, perdidas o fracasadas;
pero aún con la fe, la fuerza y el brío suficiente del que no
desiste… del que resiste… de la que se resiste… porque se sabe
poseedora de un alma indomable y conocimiento no científico, no
cuantitativo, no demostrado, pero sí intuitivo, real, verdadero,
auténtico… Por supuesto, no presume de su saber, pero se lo curra
y lo defiende hasta el final, con el último hálito o aliento de su
pluma...
Si
leemos la obra, atenta, sosegada y placenteramente, pronto caeremos
en la cuenta de que, tal vez, se pueden añadir o quitar algunas
comas, añadir o quitar alguna palabra, pero, la esencia, su sabor,
su olor, su calor (un pensamiento imaginario como todas las «cosas»,
siguiendo a Descartes), su «mensaje social» vertebrador,
permanecerá firme e inalterado, atravesando nuestra mente como una
flecha a su propio blanco.
La
fantasía de la autora, su imaginación, «casi» real, «mejor que
real», pues sintetiza portentosamente muchas realidades y las pone a
nuestra disposición, permitiendo revivirlas, haciéndolas parte de
nuestro propio acervo, de nuestras propias vidas. Creo que en un
«mundo actual» desbordado por todas partes con la ingente
«información», necesitamos urgentemente autores que «entiendan»
y nos sinteticen el abismático mundo en el que vivimos.
Al intentar comentar el libro, me siento desbordado, es totalmente
increíble, que en «casi» cada página encontremos valiosísimas
perlas, útiles para nuestro conocimiento, formación y disfrute. Por
poner uno de tantos ejemplos, en algún momento, de repente, con
sublime perspicacia y profunda psicología, la autora nos presenta
“una «paradigmática sonrisa», inmune a la medicación, a la
alopecia y a la obesidad que tiene el poder de imantar a las
personas”. Y así, incontables perlas, hasta «casi» el infinito…
En «casi» cualquier página, por no decir en todas, con
innumerables y geniales metáforas, la autora va “desgajando”
historias que se entremezclan sutilmente; abriendo a su vez,
magistral, esquemáticamente, otras innumerables historias, que el
lector se verá obligado, como en una especie de entrenamiento
deconstructivo, a construir desde su propio interior, recorriendo y
vivenciando sus propias respuestas y experiencias, desde una nueva
perspectiva, entrecruzándose al mismo tiempo, con las directrices
marcadas por la autora. Después de leerla ya no seremos los mismos
de antes… además unos nuevos seres, algunos anónimos, se
entrecruzarán y nos acompañarán formando parte de nosotros, de
nuestro conocimiento social… Pancho, Feder, la niña, Joaquín y
doce más…
A la vuelta de una página inesperada, nos sorprenderá una
«lágrima impertinente» propia, pero de placer, porque sentimos con
dulce y paralizante añoranza, que «Joaquín» nos abraza en nuestra
tierna infancia, sentimos su calor, sus rudos brazos de campesino que
apretuja nuestra infantil ingenuidad, nos estrecha contra sí mismo.
…¡Mira la hija de puta!...
Creo que es una superlativa ingenuidad, pensar que la autora se
identifica con alguno/s de los personajes. La autora con un magistral
toque, esquemáticamente, en dos pinceladas, nos muestra los rasgos
sintéticos de los caracteres profundos de la personalidad de los
protagonistas (16 en total), facilitando o, tal vez, forzando a que,
seamos nosotros los que terminemos de reconstruirlos con nuestro
propio bagaje mental, permitiendo y provocando que se sumen a nuestra
propia experiencia.
Más que la importancia de los personajes, que entran en escena en
el momento justo para enhebrar la historia e inmediatamente vuelven a
desaparecer; yo resaltaría la relación que queda establecida entre
ellos, «casi» cotidiana, pero como la realidad misma, profundamente
azarosa y mágica, para el que sabe entenderlo. Creo no equivocarme
mucho, afirmando que para la genial autora, los verdaderos
protagonistas de la obra somos «cada uno» de nosotros, sus
lectores.
Por tanto difiero de aquellos que piensan que el libro está hecho
y va dirigido a mujeres (¡que absurdo!), o siquiera para entender a
las mujeres; sería un reduccionismo innecesario. Detesto los beatos.
Siempre me han parecido insoportables las beaterías, tanto los
beatos de la virgen de Candelaria, como los beatos de la Cultura, de
las Matemáticas o del Feminismo. Sin apropiarme de los derechos,
pienso que este libro recoge una Historia con mayúscula, una
historia como tiene que ser contada con sus circunstancias y
perspectivas, la de la propia autora insospechada y formalmente
objetiva. “Hay tantas realidades como puntos de vista, el punto de
vista crea el panorama”(Ortega y Gasset). Además, es una dolorosa
Historia Canaria, lagunera, de una inmune «casi» Medieval Laguna, y
paradójicamente, de noche, tal vez, ultra-moderna y actual.
Con personal visión metafórica, nos muestra los paradójicos y
traumáticos errores cometidos en «Nuestra Historia Canaria»,
recientísima, casi presente, actual; destaca algunos «abusos»
ocasionales, o atropellos esporádicos, pero por encima de todo y
sobre todo, resalta los verdaderos abusos que son, nada más y nada
menos, que los «usos» cotidianos, o sea, los que han degenerado y
se han convertido en uso habitual, y que se siguen cometiendo día
tras día, en nuestra triste e indolente sociedad canaria, sin que la
mayoría, repare en ellos, y se rebele contra toda obediencia
cómplice: político, económica, religiosa, social o jurídica.
Visto lo ciego, sordo, frío e inerte que somos como humanos, con
las escasas y curtidas fuerzas que le quedan, defraudada en no pocas
luchas, en intentos de descuartizamiento de la realidad y de sí
misma (“Nunca me regalaste una flor”), ahora por último, más
macerada, recogiendo los mil trozos y pedazos, nos ha fabricado
psicológica, literalmente, con mucho esfuerzo, y lo que es de
agradecer encomiablemente, «con mucho cariño», unas «gafas de
luna», para que podamos humanizarnos un poco, para que, al menos de
vez en cuando, y todo lo a menudo que queramos, nos las pongamos y
nos atrevamos a ver la realidad tal y como es; para ver y mirar de
otra forma, auténtica; la realidad de tu sociedad, de tu abuelo, de
tu madre, de tu hermana, de tu amigo, y principalmente la nuestra, la
realidad propia.
Ahora, preñada de experiencias, vivencias observadas con fino
tiento, con paciencia infinita, intenta advertirnos por enésima vez,
«que no», que las cosas no son como las estamos diciendo, como
creemos vivirlas, que la realidad es otra. Disfrazada de musa nos
chilla sorda, cariñosa y silenciosamente; sopla suave, sensualmente
en nuestra oreja, en nuestro hipotálamo, para que despertemos de una
puñetera vez y no andemos en la somnolencia de los medios de
comunicación, abstraídos y apegados a nuestro egoísmo inmediato
donde todo se compra y todo se vende, apoyado y basado en la
inculcación del miedo por los poderes de siempre: económicos,
políticos y religiosos… A los cuales, por supuesto, no les gusta
las Gafas de Luna, y desde su «avaricia insaciable» dicen, que son
inexactas, exageradas, antisociales…
A pesar de las numerosas cicatrices, huellas de sus innumerables
batallas a lo largo de toda su vida (existen indicios razonables de
que no solo literariamente) la autora sigue abriéndonos un hueco en
su humilde mundo despedazado, junto a su regazo, prometiéndonos
verdadero calor humano, y sin perder del todo la esperanza, como Don
Quijote, “…magos y duendes podrán arrebatarme los honores y las
riquezas, pero jamás el Valor para la lucha”.
Me ha satisfecho mucho la profusidad del «vocabulario canario
popular» presente a lo largo de todas las páginas, preciso, certero
y bien ejecutado. ¡qué placer!
Al menos en Canarias, creo que el verdadero sentido de la palabra
«mago» se utiliza para hacer referencia a una persona poco culta,
en el sentido academicista, rural, campesina, y no pocas veces, muy a
mi pesar, se le da el sentido de paleto, ignorante, bruto, ingenuo,
tonto, bobo… La autora ha sabido de manera sublime, sintética,
entrar en lo profundo de la psicología del verdadero «mago canario»
y enaltecer sus profundos valores éticos y morales, sentimentales si
se quiere, y superponerlos a una altura inalcanzable para los
academicistas o doctos en la ciencia… constructos como el «amor»
y el «sentido de la vida» son genialmente tratados desde esta
perspectiva.
Hay personas que leen, según propia opinión e ignorancia, para
pasar el tiempo, y por lo general prefieren libros largos y pesados,
como siempre respetable; en mi opinión es mejor leer para: vivir,
disfrutar, conocer, sentir, por eso estimo y resalto, «muy mucho»
la brevedad y síntesis de esta historia y comparto con B. Gracián
“Lo bueno si breve dos veces bueno, y lo malo si corto no tan
malo”.
Al igual que hay libros preferentemente infantiles, a mi entender,
este es un libro preferentemente para adultos (desde el final de la
adolescencia a la vejez). Para los primeros será una fantástica
historia canaria, lagunera; luego, poco a poco, a medida que
avanzamos en la edad de los lectores, y vamos sumando experiencia, en
la lectura de la obra, irán apareciendo, figuras «casi»
fantasmagóricas, rasgos de personalidad y carácter, cercanos,
conocidos; dimensiones metafísicas del «tiempo» real y movedizo;
el rico léxico de palabras «casi» olvidadas, de la cultura
popular, que traen a nuestra memoria magníficos recuerdos
perdurables; verdaderos cifrados, y descifrados, de la vida misma
(esa gran desconocida).
Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo
yo (Ortega y Gasset). Pienso que contribuyendo, fomentando,
difundiendo la lectura de este libro, me beneficio a mí mismo,
crezco, me formo, al reconocer mi propia cultura, mis propios
valores, mis propios principios. ¡Qué fácil es defender, elogiar
lo que verdadera y firmemente se cree!
Podría estar escribiendo páginas y páginas comentando las
numerosas y valiosísimas joyas que posee esta obra de arte, o tal
vez, las luces que se encendieron en mi, con la hermosa lectura de
“Mujeres con gafas de luna”, pero me resigno con una triste
página, que sigue creciendo, convencido de que “Toda palabra dice
algo más de lo que debiera y también menos de lo que debiera
expresar” (Ortega y Gasset)
Qué triste y miserable es un pueblo, que no reconoce a las
personas que luchan por sus bienes o acervo cultural. Creo que ya lo
decía Nietzsche o Napoleón (no me hagan mucho caso) “La grandeza
de un pueblo, no está tanto, en tener hombres y mujeres fuertes que
luchen y defiendan su identidad, sino en que sus gentes sepan
reconocerlas, estimarlas y seguirlas.”
Cesar Mesa