4.3.14

La onírica de los días

"Somos del mismo material del que se tejen los sueños, nuestra pequeña vida está rodeada de sueños."
William Shakespeare  




Monumento al gato Parque García Sanabria
Entré por la puerta del gato y me eché a leer en el césped a la sombra de los árboles, quedé traspuesta inmediatamente, el murmullo del agua el sol y la lectura me hicieron desear una cama para descansar, qué sola tiene que estar mi alma para que al primer sopor, en las primeras hilachas de sueño busqué desesperadamente la compañía de mi madre muerta hace más de seis años.

Ella estaba acostada en una cama alta muy tapada hasta el cuello con el embozo y su pequeña radio debajo de la almohada, me acerqué y arrodillada le supliqué que se viniera a dormir conmigo a mi cama que me sentía muy sola, no se movió ni mostró el más mínimo interés, permaneció mirando hacia el techo con la mirada perdida escuchando la radio, distante como siempre había sido conmigo, yo tampoco insistí demasiado sin embargo en la siguiente secuencia, mi madre vino a mi cama a dormir a mi lado pero sin rozarme, sin hablarme, como si estuviera metida en una campana de cristal y solo pudiera verla, no me rechazaba, una madre nunca rechaza por completo a una hija, pero tampoco me daba calor solo me permitía verla junto a mi a través de un frío cristal, lo siguiente fue darme cuenta que me había quedado traspuesta en el parque, enfrente tenia la puerta del gato y detrás de los setos un grupo de guiris paseando con el mapa en la mano, la puerta del gato es una escultura de cemento , piedra , vidrio y varillas metálicas, está hecha con los planos donados a la ciudad de Santa Cruz por el conde de Noailles, poseedor de la obra original de Óscar Domínguez.


Me cansé de llegar tarde a todas partes, de vivir en un mundo de intuiciones, nadie me dijo que había plazos. Es mentira eso de que nunca es tarde, es al revés.

Yo siempre llegué tarde a todo, a los estudios universitarios, a los éxitos editoriales, al feminismo, a los antioxidantes, a los viajes, todo lo rocé apenas con las yemas de los dedos porque no los había visto sino justo en el momento que empezaban a desaparecer, y alargaba mi mano en un esfuerzo inútil para rozar todos esos paraísos, para percibir su textura, y ese gusto amargo en la boca del estomago, la angustia, la ansiedad.

¿Para qué nombrarlas?, ¿acaso si las nombro se evaporan?

Hablo y nadie escucha, ni siquiera en los sueños puedo sentirme escuchada, o más que escuchada entendida, abarcada, aprehendida.

Soñé con una pequeño espacio lleno de mujeres,y eran todas hostiles a mí, el habitáculo olía como el jabón neutro sin olor, eran mujeres pulcras e inteligentes, como mi madre, algunas salieron a fumar y desde el fondo de la calle aparecieron unos muchachos con actitud agresiva, discutían y de pronto se enzarzaron en una pelea cuerpo a cuerpo justo delante de nosotras, pude ver el miedo en algunos ojos de aquellas mujeres, la perplejidad en otros y la reprobación a la violencia masculina en la mayoría, yo conocía esa violencia, me era tan familiar como su encubierta hostilidad , su reserva o condescendencia para conmigo, también a esos cénaculos femeninos había llegado tarde.

Me crié en un patriarcado y tengo instrumento para soslayar la agresividad masculina, para lo que no tenia instrumentos era para gestionar el rechazo de las mujeres como yo, empezando por mi propia madre que nunca dudó, entre yo y mi hermano siempre tuvo claro si la obligaban a elegir de parte de quién estaba, opté por irme de aquél lugar, respiré hondo y me adentré en la calle sin mirar atrás, para continuar soñando en otra pantalla.

Es la onírica de los días, la única que me indica el camino de migas de pan para llegar a casa, solo la curiosidad de saber qué va a pasar me mantiene viva soñando.
Juana Santana
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